Escala Braden vs EVA en una clínica del dolor
Giovana Femat Roldán 16 de mayo de 2025 Servicios

En una clínica del dolor, el enfoque multidisciplinario implica evaluar no solo la intensidad del dolor, sino también los riesgos asociados al estado general del paciente. En este contexto, herramientas como la Escala de Braden y la Escala Visual Análoga (EVA) son fundamentales, pero su utilidad varía según el perfil clínico de cada persona. Comprender cuándo y por qué se utiliza cada una permite optimizar la atención, reducir complicaciones y personalizar el tratamiento del dolor. Desde la perspectiva de un neurólogo, este análisis adquiere aún más relevancia, ya que muchas condiciones neurológicas crónicas requieren evaluaciones específicas y sensibles para evitar el deterioro funcional.
¿Qué es la Escala Braden?
La Escala de Braden es una herramienta clínica validada que se utiliza para evaluar el riesgo de desarrollar úlceras por presión. Está compuesta por seis categorías: percepción sensorial, humedad, actividad, movilidad, nutrición y fricción/cizallamiento. Cada una se califica del 1 al 4, y el puntaje total ayuda a identificar si un paciente está en riesgo bajo, moderado, alto o muy alto de desarrollar lesiones en la piel.
En una clínica del dolor, especialmente cuando se atienden pacientes con movilidad reducida, neuropatías avanzadas, lesiones medulares, dolor crónico severo o enfermedades neurodegenerativas, esta escala es clave para prevenir complicaciones cutáneas que agravan el pronóstico y prolongan las hospitalizaciones.
Indicaciones frecuentes de uso de la Escala Braden en una clínica del dolor:
- Pacientes con dolor crónico discapacitante que permanecen en cama o silla de ruedas la mayor parte del tiempo.
- Personas con parálisis por enfermedad neurológica, como esclerosis múltiple, lesión medular o ELA.
- Casos con alteración de la percepción sensorial por neuropatías periféricas o centrales.
- Individuos con trastornos cognitivos avanzados, como demencia, que no pueden manifestar malestar ni movilizarse adecuadamente.
En estos contextos, usar la Escala Braden no solo es una medida preventiva, sino una herramienta indispensable para proteger la integridad física del paciente y evitar un deterioro mayor.

¿Qué es la Escala EVA?
La Escala Visual Análoga (EVA) es uno de los instrumentos más utilizados para medir la intensidad del dolor. Se representa comúnmente como una línea horizontal de 10 cm, donde 0 indica “sin dolor” y 10 “el peor dolor imaginable”. El paciente marca el punto que mejor refleja su experiencia, y este valor sirve como base para evaluar la respuesta al tratamiento y ajustar estrategias terapéuticas.
Desde el punto de vista neurológico, la EVA es esencial para identificar el grado de sufrimiento subjetivo en casos de dolor neuropático, migraña, neuralgia del trigémino, radiculopatías, fibromialgia, y otros síndromes dolorosos complejos.
Indicaciones frecuentes de uso de la Escala EVA en una clínica del dolor:
- Evaluación de dolor agudo o crónico, como ciática, lumbalgia o neuralgias craneales.
- Seguimiento de la eficacia de bloqueos nerviosos, neuromodulación o tratamiento farmacológico.
- Cuantificación del dolor en pacientes con enfermedades degenerativas como Parkinson o esclerosis múltiple.
- Monitorización del dolor en pacientes que reciben rehabilitación neurológica o estimulación magnética transcraneal.
Es una escala sencilla, rápida y útil incluso en pacientes con limitaciones físicas, siempre que puedan comprender el concepto de escala lineal. Su aplicación periódica permite hacer un seguimiento más preciso del control del dolor y ajustar el abordaje terapéutico.
¿Escala Braden o EVA? ¿Cómo elegir en la práctica clínica?
Elegir entre la Escala de Braden y la Escala EVA depende directamente del perfil clínico del paciente y del objetivo de la evaluación. En la práctica diaria de una clínica del dolor, no se trata de decidir entre una u otra, sino de comprender que ambas herramientas pueden ser complementarias según las necesidades individuales. Por ejemplo, en pacientes con dolor crónico severo y movilidad limitada, como ocurre con quienes presentan una lesión medular o un accidente cerebrovascular en etapa avanzada, es fundamental aplicar tanto la Escala Braden como la EVA. La primera permitirá anticiparse al riesgo de úlceras por presión, mientras que la segunda ayudará a cuantificar la intensidad del dolor, facilitando el seguimiento del tratamiento.
Por otro lado, en personas que acuden de forma ambulatoria por cefalea crónica, migraña, neuralgia del trigémino o lumbalgia, el uso de la Escala EVA suele ser suficiente, ya que se requiere evaluar con precisión el grado de sufrimiento subjetivo para ajustar terapias analgésicas o intervenciones específicas como bloqueos o neuromodulación. En pacientes con trastornos cognitivos severos —como demencia avanzada— que no pueden expresar con claridad la percepción del dolor, la Escala Braden cobra mayor protagonismo, ya que permite evaluar el riesgo físico asociado a la inmovilidad o a la pérdida de percepción sensorial, elementos comunes en cuadros neurológicos degenerativos.
Cuando se trata de pacientes con dolor neuropático funcional, como en la neuropatía diabética o la fibromialgia, la Escala EVA sigue siendo la herramienta más indicada, porque facilita medir de forma regular la efectividad del tratamiento y hacer ajustes terapéuticos personalizados. Así, la clave está en integrar estas escalas al juicio clínico: la Braden como una aliada preventiva ante riesgos físicos, y la EVA como una guía para el abordaje del dolor, ambas orientadas a ofrecer una atención más integral, segura y empática.
Conclusión: Evaluar para tratar mejor
En una clínica del dolor con enfoque neurológico, conocer y aplicar correctamente las escalas de evaluación como Braden y EVA permite ofrecer un abordaje verdaderamente centrado en el paciente. Mientras la Escala EVA ayuda a visibilizar el dolor desde la perspectiva del paciente, la Escala de Braden permite al equipo anticiparse a riesgos físicos que podrían pasar desapercibidos, especialmente en pacientes neurológicos frágiles.
Ninguna escala sustituye la valoración clínica, pero ambas se convierten en aliados fundamentales para mejorar la calidad de vida, prevenir complicaciones y adaptar las estrategias terapéuticas a la realidad de cada persona. Porque en la atención del dolor, cada detalle cuenta, y cada paciente merece ser evaluado con herramientas que respeten su individualidad y complejidad clínica.
